Opinión de Laura Ginsberg y Pablo Gitter Publicada en el Diario Clarín el Lunes 20 de abril de 2026

La guerra, el crimen de la AMIA y la impunidad

Asociar la política de guerra contra Irán con una supuesta obligación moral por vengar el ataque a la AMIA, es parte de la barbarie.

ARTICULO PUBLICADO EN CLARIN.COM -    Lunes 20 de Abril de 2026.

y Pablo Gitter

20/04/2026 11:34

El nuevo viaje del presidente a Israel compromete al país con declaraciones y actividades a favor de la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán, Líbano y Gaza. Lo hizo en el pasado desde Jerusalén al alentar una guerra pocas horas antes de iniciarse la de los 12 días.

Hoy, casi 2 meses después de los ataques que tienen en vilo al mundo, con miles de muertos mediante, es el único “amigo personal” y fiel seguidor que Netanyahu puede exhibir para celebrar el día de Israel.

Esta vez, Argentina extrema su pretensión de intervenir en el escenario internacional. Milei considera que nuestro país debe ser parte de una guerra de Occidente contra Irán, el Líbano y aún más allá, en nombre de combatir a un supuesto terrorismo internacional que nos habría tenido como blanco de dos atentados. Peor aún, su Comunicado Oficial afirma que se debe apoyar la agresión bélica en nombre de las víctimas: “El Presidente J. Milei espera que esta decisión salde una deuda histórica de más de 30 años con los familiares de las víctimas”, dice.
A su modo, Milei sintetiza décadas de una política de Estado compartida por los principales partidos que fueron gobierno hasta ayer y que -con matices- lo acompañan y eluden referirse a la responsabilidad del Estado en la comisión de esos crímenes que agredieron a todo el pueblo y no solo a una de sus colectividades.

Asociar la política de guerra contra Irán con una supuesta obligación moral por vengar el ataque a la AMIA es parte de la barbarie. Degrada la política hasta el medioevo regido por la religión y se burla de la Memoria popular que asoció ese ataque con el poder que conservaban los resabios de la dictadura militar en el gobierno democrático.

El esfuerzo por colgarse del escenario mundial en nombre de las víctimas tampoco es nuevo. Tergiversa los hechos con diatribas belicistas para distraer la atención del papel que sus propias fuerzas de seguridad e Inteligencia jugaron en la comisión del atentado.

Con los años, los tres poderes del Estado ajustaron una Historia Oficial para que encaje en este modelo internacional sin aportar pruebas, y terminaron por provocar un deterioro institucional notable. Así fue que el Estado nacional fue condenado por la Corte Interamericana por su responsabilidad al encubrir el atentado (2024). El Tribunal dijo que Argentina “utilizó su propia capacidad e institucionalidad para desviar la investigación”. Por ello “todavía no se tiene claridad sobre lo acontecido, sus responsables, ni las razones por las cuales el Estado utilizó su aparato judicial para encubrir y obstaculizar la investigación. (…). Las múltiples falencias del Estado en la determinación de la verdad histórica […] han quedado establecidas…”.

Desde entonces, poco se progresó. El Poder Judicial aún no hizo efectivas las condenas de prisión por encubrimiento dictadas hace 7 años contra el ex juez Galeano, los ex Fiscales y funcionarios de Inteligencia. Prepara un nuevo juicio –el cuarto- esta vez para condenar a supuestos responsables intelectuales en un Juicio en Ausencia sin la presencia de imputados ni de pruebas. Un escenario para consagrar el relato de una construcción falaz.

No debe sorprendernos que sean los Fiscales quienes aterrizan las políticas del Estado y las presiones del lobby de Israel y la DAIA. Actúan con apoyo del Servicio de Inteligencia de Francia (y de la SIDE) para obtener testimonios de disidentes iraníes en París que declaren contra figuras del régimen iraní, mientras niegan el valor de los archivos de la Inteligencia nacional que son prueba en la causa AMIA y vinculan al Estado argentino en la comisión del crimen y su encubrimiento. Aunque resulte irónico, el trabajo de la Fiscalía es esencial para no conocer la verdad y sostener la impunidad.

En esta situación, nos amenazan con posibles sanciones penales para el caso de difundir “secretos de Estado” a quienes trabajamos con una parte de los documentos de inteligencia. Nos aplican la Ley Mordaza.

Recientemente el juez Rafecas reconoció que las partes y la sociedad sufren una “afectación sustancial” de derechos, entre ellos, el de acceder a la Verdad. Advirtió “incertidumbre” sobre “las normas que rigen la publicidad…” de la documentación desclasificada. Sin embargo, solo declaró públicos cuatro informes producidos por la Fiscalía –hasta ahora secretos– previa consulta a la propia Fiscalía y a la SIDE para que digan qué objeción tendrían para su publicidad. También pidió al Poder Ejecutivo saber qué medidas adoptará para hacer efectivo el acceso y la publicidad de la documentación desclasificada. Después de 32 años de una política de impunidad del Estado, sabe a poco…

En su condena la Corte Interamericana ordenó hacer públicos los archivos secretos. Pero la resistencia institucional para cumplir con lo ordenado es muy fuerte. A su regreso, Milei deberá tomar cartas en el asunto como lo hizo recientemente con los archivos de la dictadura.

Son esos documentos los que demuestran que el Estado argentino participó en la preparación, consumación y encubrimiento del ataque y no actuó en soledad. Por eso le reclamamos al presidente Milei abrir los archivos al conocimiento público, permitir su análisis independiente y facilitar su debate para aportar a la construcción de la verdad histórica de este caso de terrorismo de Estado que es parte de nuestra historia reciente.

Laura Ginsberg y Pablo Gitter son integrantes de APEMIA, 
Asociación Por el Esclarecimiento de la Masacre Impune de la AMIA

Un aporte para el debate

¿Cambios en Inteligencia?
Opinión de Pablo Gitter y Mateo Cocco publicada en Página 12 el 17/04/2026
Las recientes reformas del sistema de inteligencia impulsadas por el gobierno de Javier Milei han activado la sana preocupación en la opinión pública de que la SIDE sea mandatada para vigilar a la sociedad. En los artículos periodísticos dedicados al tema se percibió como una novedad alarmante las amplias atribuciones que se le concede, así como la opacidad y firmeza del secreto que envuelve su accionar. Una mirada histórica obliga a enfrentar una verdad incómoda: la continuidad de estas políticas en nuestro país.

Desde su fundación el aparato de Inteligencia mantuvo ciertos rasgos centrales. Una misión demasiado amplia apoyada en conceptos imprecisos de “seguridad nacional”, la poca delimitación de los métodos autorizados para su accionar y una fuerte centralización bajo la órbita del Poder Ejecutivo. Estos elementos fueron estructurados por un principio decisivo: el secreto. Con Videla, esa racionalidad alcanzó su forma más sistemática, elaborándose doctrinas que ordenaron el funcionamiento del aparato y fijaron un lenguaje técnico que sobreviviría durante décadas, incluso luego de ser derogadas en 2001.

El retorno de la democracia en 1983 sostuvo muchas continuidades con ese modelo. Los intentos de reforma durante el gobierno de Alfonsín buscaron reforzar el control civil, pero sin alterar sus doctrinas. La opacidad y el desprestigio de los servicios de Inteligencia llegaron a un punto crítico tras su actuación en los atentados a la Embajada de Israel en 1992 y a la A.M.I.A. en 1994. Intervinieron para impedir que se investigue la verdad, levantando serias sospechas sobre su propia responsabilidad en los hechos.

La Ley de Inteligencia Nacional de 2001 profundizó este funcionamiento. Aunque lo expresó en un lenguaje alineado con estándares democráticos, derechos, garantías y control parlamentario, consolidó la capacidad del propio sistema para definir qué información debía permanecer clasificada, reforzando así su autonomía. En lugar de desaparecer, el secreto se volvió legalmente más sofisticado y comenzó a invadir la lógica de las nuevas áreas del Estado que debían encargarse de su control. La creación de la AFI en 2015 sostuvo las continuidades y mantuvo las estructuras, el personal y las prácticas heredadas.

Como vemos, la política de inteligencia basada en el secreto y la vigilancia de los actores sociales no surge por las reformas actuales, forma parte de una lógica constitutiva donde la defensa del Estado y la vigilancia de la sociedad se superponen de manera persistente.

Aquello que resultó novedoso en este gobierno fue la sanción de la Política de Inteligencia Nacional (Decreto 864/25), que venía siendo postergada. Sin embargo, el rol de la SIDE no se desprende de este documento, sino de la Estrategia de Inteligencia Nacional que el propio organismo debe elaborar con carácter secreto. Por su historia y sus regulaciones, el Sistema de Inteligencia no puede dotarse a sí mismo de transparencia.

El problema del secreto no afecta sólo lo operacional, sino también lo histórico. Durante décadas, el funcionamiento de la SIDE estuvo protegido por normas que impedían su conocimiento público incluso para investigadores y legisladores. Recién en 2012 el Congreso resolvió publicar Leyes y Decretos secretos hasta entonces, algunos de ellos producidos 50 años antes. Su lectura nos permite reconstruir la compleja historia de la relación entre el sistema de Inteligencia y el Estado, mostrando continuidades que desbordan las divisiones entre dictadura y democracia.

La reciente desclasificación de los llamados “archivos históricos” de SIDE deja en evidencia sus propios límites. La publicación sigue siendo parcial, no se respetó la integridad del fondo documental ni se conoce su procedencia, dificultando su constitución como archivo y su comprensión integral. El sesgo en la desclasificación es evidente incluso para quien no conoce las reglas de la archivística. Tanto así que la “guía”elaborada por la misma Secretaría incluye una historia del organismo y establece un criterio de “prioridad” para la publicación. Otra vez se dejó en manos de la institución de la opacidad y el secreto la tarea de generar confianza y transparencia. No parece un camino prometedor.

La desclasificación del período 73-83 es por ahora una promesa lejos de completarse y debe ser reforzada con el acceso al material de, al menos, las décadas de los 80 y 90. De lo contrario, establecer el grado de superación que la Democracia provocó con su pasado en el Sistema de Inteligencia resulta una cuestión de fe. Los estándares internacionales en la materia podrían ayudar.

En un Sistema donde el secreto ha sido históricamente la regla, abrir los archivos no es un gesto menor: interpela el sentido mismo de la Inteligencia estatal. Las reformas actuales no solucionan ninguno de los problemas planteados e incluso es probable que los profundicen. Mientras los archivos sigan siendo parciales o dependan de decisiones internas del propio aparato, tampoco nos darán una respuesta. Por eso, si el objetivo es avanzar hacia un debate serio sobre la Inteligencia argentina, la discusión no puede limitarse a reformas coyunturales o cambios de gestión. Y eso implica, entre otras cosas, una política activa e integral de desclasificación y apertura de archivos.

*Mateo Cocco (Historia UBA); Pablo Gitter (integrante de la Asociación por el Esclarecimiento de la Masacre Impune de la AMIA-APEMIA).